Otro año que pasa y el Dadaísmo esperando

Autor: Óscar Jairo González
4 enero de 2017 - 07:19 PM

En el centenario del Dadaísmo, Óscar Jairo González hace un recorrido histórico, crítico y reflexivo por los aportes de este movimiento artístico y cultural. 

El Dadaísmo fue un movimiento del arte moderno, que se manifestó en el Cabaret Voltaire en la ciudad de Zúrich (Suiza) el 5 de febrero de 1916. Una serie de jóvenes talentosos se reunieron allí, para comenzar una tarea sin medida contra el arte, o lo que se llamaba arte europeo en ese momento. Tarea de destrucción total, sin concesiones ante lo que era el arte considerado de forma clásica y tradicional. Contra el arte del poder y para los poderosos. Todos estaban contra el arte por el arte; las revoluciones del arte las hacen los niños y los jóvenes, y así fue en el principio mismo del Dadaísmo como lo dice Jean Arp: “Dadá quería destruir las superficies razonables de los hombres y redescubrir el orden natural e irrazonable. Dadá quería reemplazar el sinsentido lógico de los hombres de hoy por el sinsentido ilógico. Por ello golpeábamos el bombo dadaísta y trompeteábamos las olas del disparate. (…) Dadá estaba en favor de la naturaleza contra el arte. Dadá era directo como la naturaleza. Dadá estaba en favor del sentido infinito y los medios definidos”. 
Esos jóvenes fueron, en el principio del Dadaísmo: Hugo Ball, Emmy Hennings, Richard Huelsenbeck, Raoul Hausmann, Jean Arp, Tristán Tzara, Marcel Janco, entre otros. Y, posteriormente, cuando el movimiento se extendió por Alemania, Francia, Inglaterra, España y todo el mundo, hasta Nueva York: Fue un movimiento contra toda forma de arte, por y para la creación de un arte nuevo, que vulnerara, que destruyera todo lo que hasta ese momento se había hecho en nombre del arte. Nueva visión del arte pero contenido en la vida, en la vida misma. Entre quienes después participarían en Dadá, están: Kurt Schwitters, Max Ernst, los hermanos Heartfield (John y Wieland), Hannah Höch, Franz Jung, Marcel Duchamp, Francis Picabia, entre otros.
Las veladas que realizaban en el Cabaret Voltaire tenían que ver con el teatro, la pantomima, la música de ruidos y gestos, la lectura de poesía vocal. Podían participar todos los que quisieran, sin orden y sin condiciones de nada, como lo decía la convocatoria que hicieron para tal efecto en la prensa de Zúrich. 
¿Por qué Cabaret Voltaire? Lo llamaron así para indicar, de una vez por todas, que se trataba del pensamiento y la literatura subversiva del pensador y escritor de la llamada Ilustración, Voltaire. Que su rebelión comenzaba allí, en los tratados de Voltaire y que ellos eran sus lectores que incrustarían en ese momento de la historia el carácter y temperamento de Voltaire, su ironía y su humor, su intensa contradicción, su poderoso pensamiento crítico. 
La Primera Guerra Mundial fue también un factor detonante del Dadaísmo. La guerra la declararon los adultos y ellos, los jóvenes tuvieron entonces que ir a la guerra, sin su consentimiento, sin haber contado con ellos, y muchos de ellos murieron allí. Los padres, eran pues, los causantes de la guerra, y por lo tanto el dadaísmo se muestra contrario al padre, a su autoridad, a lo que consideraba arte, a lo que llamaba su vida, a su monstruoso irracionalismo. Ya la vida no podía ser mediada por la razón, porque el resultado de la razón había sido la guerra. Exterminio del otro, devastación incalculable, resultado del racionalismo de los padres. Como hijos de esos padres, se exilaron, se fueron contra la guerra, disintieron de la misma y algunos, como los dadaístas, alcanzaron a refugiarse en Zúrich. 
El Dadaísmo es también por ello un movimiento creado por refugiados. Lo dice Emmy Hennings, compañera de Hugo Ball: “En aquel entonces cuando comenzamos con el ‘Cabaret Voltaire’, estábamos un poco envidiosos de todas las ‘personas moralmente consolidadas’… En Zúrich ya había algunos conocidos de la escena literaria, pero creo que no nos tenía tampoco en demasiada estima. En cualquier caso estábamos familiarizados con la desconfianza, la superioridad y la soberbia, hasta el punto que estábamos cerca de ser personas despreciables”. Dadá estaba contra el padre y contra la guerra. 
Y para poder desarrollar toda su actividad literaria y antiliteraria, tuvieron que recurrir a la “ironía, la simulación, el sarcasmo, el doble sentido, el humor y todas las formas de la provocación intelectual se revelan, de igual modo que el dormir y los sueños como hijos de la Noche. Al igual que ella, ejercen sobre la abrumadora o decepcionante realidad un poder de disolución. Son las armas ligeras del pensamiento que manipuladas con destreza pueden resultar mortales. Los movimientos poéticos que tuvieron alguna repercusión y que se manifestaron a partir del romanticismo se sirvieron de ellas ampliamente, en cada caso contra el espíritu burgués y el poder que lo refleja, contra el conformismo y el adormecimiento espiritual”, afirmaba el crítico e historiador Patrick Waldberg.   
Porque Dadá se movía en la contradicción, entre el sí y el no, sin decidirse a ser uno solo, sin afirmarse en nada, sin establecer en unos principios determinados e indestructibles, podrían ser unos y otros, formularse de una u otra, porque en efecto, en Dadá cada uno era Dadá a su manera y también no lo era a su manera. Quien se decía Dadá también podía decirse lo contrario. No había manera de asir, de formalizar o de clasificar al Dadaísmo ni a los dadaístas. Hausmann se hacía llamar: dadásofo. Cada miembro de Dadá era y creaba su propio dadaísmo. No había reglas ni reglamentos para ser dadaísta. No había taller ni escuela para formar dadaístas. Tenían además los dadaístas, en su misma condición la de ser y sentirse ciudadanos del mundo.  
La poesía estaba libre de ataduras y de formalismos. La pintura destruía las técnicas y los modelos. La escultura era y podía hacer con trozos de madera encontrados en la basura. La fotografía no era pura, para ello, crearon el fotomontaje. La novela era una broma demasiado extensa y proverbial, instruccional  y persuasiva. Y así, se centraba su crítica y su sarcasmo sobre lo que existía ante ellos y después de la guerra. Todo era posible para y en el arte, pero cubriendo y obedeciendo a los temblores y los éxtasis sensuales y voluptuosos de la vida. Tal como si todos los hombres fueran y pudieran ser artistas. Nada de tener un historial de obras y de exposiciones, no había necesidad, inclusive de tener obra. Como lo decía Raoul Hausmann: “Dadá no es un pretexto para el orgullo de algunos literatos (algo que nuestros enemigos pretenden hacer creer). Dadá es una disposición espiritual que puede revelarse en cada conversación, que obliga a decir ‘este es dadaísta, este no lo es’. Éstas son las razones por las que el Club Dadá tiene miembros en todos los rincones de la Tierra, tanto en Honolulu como en Nueva Orleáns o Meseritz”.
En la perspectiva y proyecto Dadá estaba también la creación y utilización de todos los materiales necesarios para la causa de la rebelión estética que estaban emprendiendo, no solamente los materiales tradicionales, sino nuevos materiales como toda clase de papeles, periódicos, maderas destrozadas y desechadas, martillos, planchas, mallas, mesas abandonadas, hierros oxidados y deteriorados, clavos, o sea, todo aquello que estaba en la cotidianidad, en la vida cotidiana y que parecería intrascendente y carente de belleza, puesto que la belleza no era tal y como se consideraba hasta entonces, la belleza pura, sino que todo era bello, todo podía ser bello si el “artista” así lo consideraba, así lo llenaba de belleza, de la nueva belleza, o sea de su belleza. No hay belleza general como no hay gusto general. Todo consistía pues, en que esos materiales permitieran y propiciaran la expresión de cada uno. Expresarse fue una de las constantes del Dadaísmo, porque es la expresión del yo de cada uno, lo que dinamiza, fractura y rompe las barreras establecidas para el arte, determinadas para el arte.   
La historia del Dadaísmo no ha comenzado a hacerse todavía, quedan y leemos y buscamos en fragmentos, indicios, pero no la historia completa del Dadaísmo, porque como lo hemos dicho,  exactamente, cada uno era dadaísta a su manera, desde su visión del mundo, con su carácter crítico, con su humor y su ironía, como exaltación transformadora de la vida intensa y pasional en el arte, contradictor y afirmador, negador y vociferante buscador de sí mismo. El Dadaísmo nunca se hizo una convención literaria o artística, siempre estuvo en el estruendo del yo y su conmoción excitada y excitante. Nunca más en la modernidad hubo un movimiento estético y cultual que tuviera estas características, y se mantendrá como una antorcha de la libertad de y para el arte, una antorcha no consumida todavía en su totalidad, pues siempre habrá arte oficial y arte disidente, no obstante la fuerza secreta con la que se busca y quiere homogenizar el arte. O sea, gasearlo, para destruirlo. 
Raoul Vaneigem, miembro de la Internacional Situacionista, toma por ejemplo, para apoyar las tesis que despliega en su obra: Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, uno de los elementos fundamentales del Dadaísmo, la espontaneidad, y señala que la “espontaneidad es el modo de ser de la creatividad individual. Es su primer brote, todavía inmaculado; ni corrompido en el manantial, ni amenazado de recuperación. Si la creatividad es la cosa mejor compartida del mundo, la espontaneidad, por el contrario, parece fruto de un privilegio. Sólo la poseen aquellos que por su larga resistencia al poder tienen la consciencia de su propio valor de individuos: la mayoría de los hombres en los momentos revolucionarios, más de lo que tiende a creerse, en una época en que la revolución se construye día a día. Allá donde el resplandor de la creatividad subsiste, la espontaneidad conserva sus posibilidades”. 
Queda abierta la posibilidad dadaísta al mundo contemporáneo, contra su invasiva extensión de la destrucción y la muerte de la libertad causada y provocada por la turbulencia del arte. 

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