Los trenes nunca abandonados de Raúl Álvarez

Autor: Félix Ángel
4 enero de 2017 - 07:47 PM

Una exposición sobre trenes (abandonados en Bello) realizada por Raúl Álvarez, está abierta al público en la Librería Grammata (calle 49B No. 76A-4 Medellín. Teléfono 422-6198) ubicada en el sector Estadio. Se trata de una muestra visual que permite ver el dominio del color del pintor antioqueño, mientras al mismo tiempo se reflexiona sobre el futuro de este lote, que las autoridades bellanitas aún no saben con certeza cuál será.

Puede que mucha gente sepa, pero debe ser más la que no sabe que, en Bello,  no lejos de Medellín,  existe un cementerio de trenes, los mismos que hace años fueron el medio de transporte favorito para salir de la ciudad, ir de paseo al Hatillo o Puerto Berrío por un día o dos, y luego regresar a Guayaquil llegando a las cuatro de la mañana encontrando la sorpresa de una ciudad que vivía con desacato al tiempo  en un sector lleno de actividad, de música arrabalera, de prostitutas, cantinas abiertas  veinticuatro horas del día atiborradas de comerciantes de todo tipo cuya única distinción era el tamaño del carriel, y circulaban entre la parranda y el mercado conviviendo a la vez.  
Las pinturas que Raúl Álvarez actualmente expone en la Librería Grammata, del Estadio, evocan  fragmentos de esa y otras memorias desvanecidas en el presente como una historia imprecisa que alguien se atrevió a contar sin garantía de verdad. Las imágenes, pacientemente recuperadas, fuerzan a preguntarse si esas máquinas  –los cadáveres que quedan de locomotoras- cuya pluma de humo negro en algún momento representó la libertad del desplazamiento sin miedo por el territorio de nuestro departamento, y luego la  premonición de algo muy horrible que podía suceder; y los vagones otrora llenos de gente agitando las manos por las ventanas,  fueron reales y cumplieron un propósito, y ahora, parecen ser el  testimonio del desperdicio a que condenamos todo lo que hacemos, sin interés por recuperar lo amable o un rastro de respeto en nuestro comportamiento.
Las cosas buenas y las más degradantes parecería que tienen en nuestra ciudad el mismo destino. Nuestra amnesia es inducida. Es muy cómodo inmunizarse a las culpas del pasado, y renunciar a sentirse responsable del futuro. Ninguno de los dos nos importa.

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