Gilberto Martínez Arango, alcanzarse en lo inalcanzable

Autor: Óscar Jairo González
19 marzo de 2017 - 06:00 PM

Un homenaje desde las letras y la academia a Gilberto Martínez Arango (1934-2017), a unos días de que se conmemore el Día Internacional del Teatro, que en la ciudad tendrá un acto poético que pedirá más apoyos a los dramaturgos y gestores del país, por parte del Estado. 

Medellín

Toda vida (y toda muerte) en el arte, en lo que es o en lo que cada uno llama arte, está contenida en sí misma, nadie puede decirse que no, si lo dice será porque le es indecible. La muerte está  contenida en sí misma porque lo excede todo, lo hace por su irrevocable destino. Entonces, la decisión de entregar la vida al arte está críticamente moviéndose hasta el momento de la muerte, como la imantación que lo tiene y lo sacude, lo realiza y lo proyecta en sí mismo ante los otros. 


La decisión de llevar una vida en el arte es fundamental para la realización revolucionaria de la vida. ¿Ser cardiólogo o nadador?  
Y, entonces, cuando se trata de una relación entre la vida y el arte, cuando se habla de alcanzarse en lo inalcanzable, aparece en la historia de la dramaturgia nacional, y en espacial en la de Medellín, el teatro de Gilberto Martínez, con todo el universo que nos mostró en su teatro. 


La obra de Gilberto Martínez, si en efecto tuviéramos que abordarla desde la persona y no desde el artista, que se hizo, al que le dio forma, lo estructuró como tal, tendríamos razones para y  porque quererlo, además de respetar su trayectoria.  


Ya no es él, sino su teatro. Y allí lo escindimos, pero como totalidad. Como decía de él, Alberto Aguirre: “Gilberto Martínez está poseído por la pasión del teatro. Es un poseso, en el sentido literal de la palabra: el que está imbuido por un espíritu. Esto quiere decir que se transfigura, asaeteado por esa pasión interior que lo consume, que ocupa su vida. Y este arder en un fuego interior es algo bastante extraño en un medio de pasiones domésticas. O diría mejor: de pasiones domesticadas. Es maravilloso que alguien doble su vida bajo el impulso de una vocación, hasta convertirla en destino. La vuelve sustancia de su propio ser. No piensa en el teatro, sino que lo vive. Ha hecho como una transposición de su existencia”. 


Por lo que Gilberto dijo de sí mismo, de ese sí mismo desnudo ante la transparencia de la realidad, de su naturaleza teatral: “(…) Asumir estar en el teatro como un modo de vida es preguntarse, o mejor cuestionarse, porque lo qué es, la manera cómo se acciona en su materialidad y cuál es el contexto donde se desenvuelve. Como hombre de teatro, con una gran dosis de sed de conocimiento, tuve la necesidad de inventariar y solidificar el abecedario que día a día utilizo en mi práctica. De ahí a iniciar Apostillas fue solo acercarme a la orilla del gran río a beber. Puedo decir que en lugar de calmar la sed solo logré incrementarla. La desembocadura en el mar está muy lejana, pero al menos puedo decir que se vislumbra, aunque sé que nunca llegaré a verla, y estoy seguro que esa certidumbre la que me anima a seguir buscándola”.


En el artista que es Gilberto Martínez, que lo era en su vida como lo será en su muerte, pues el arte es el medio que lo imanto y lo imantará de sentido; dominaron obsesivamente tres estructuras, si las podemos llamar así, que son: La casa, el libro y la biblioteca, en su radiación e irradiación de lo sensitivo.  


Por ellas deviene su esencia y el poder de su radicalismo irreductible en el arte del teatro. Construir una casa, la Casa del Teatro, para preservar y tener posesión de ella, dado que es la que se destina para vivir el destino del artista en el teatro. 


Teatro de la vida en su decisión intermitente, como lo decía Ionesco, de la intermitencia teatral. No busca el artista indemnizaciones por lo que vive. Y eso sí, es necesario decirlo, es libre de hacerse a ellas. Casa del mundo, el mundo de la casa, entonces es donde se hace el teatro en todo momento de la vida. Irreversible en la conciencia de la intensidad que ha de comunicarse a sí mismo para comunicarla a otros. Por ello, dijo el maestro Martínez: “Cuando yo muera no quiero tristeza, hagan una fiesta en la Casa del Teatro”.


El libro no es resultado de la escritura sino diseminación de lo que se vive, de lo que se siente, de lo que pudo “teorizar” el maestro Martínez, a su manera, sobre el teatro. La teoría teatral, como momentum esencial de la formación, más no la formación en sí misma. Tanto los libros que escribe como los que lee son los que incitan y provocan la formación de ese todo del artista en su mundo, con sus visiones irreverentes, llenas de ironía y de esperanza sobre el mundo. 


Tanto Teatro, teoría y práctica como Apostillas. Memoria teatral, son los libros que, desde mi mirada, interesaron de él, que nos hicieron decir críticamente: es esa una de sus formas de hacer teatro, de instalarlo en su medio desde la casa, el libro y la biblioteca. Es por ello que la biblioteca tiene todas las características de su decisión teatral, lo mismo que su carácter. 


Sólo se trata en ellas, en esas tres estructuras, del sí mismo teatral. Gesto del sí mismo teatralizando, que era su vida, su tensión de la necesidad teatral. Fueron la casa, el libro y la biblioteca medios de su crítica protuberantemente irónica, llena de temperamento. Tener temperamento es vivir en la casa, saber conocer en el libro y caminar desnudo por la biblioteca, es ese, para nosotros, su teatro. 


Tras la muerte cesa la ira tempestuosa, se hace quietud y conciencia de la quietud inmensa, la misma que queda cuando todo en el teatro se ha hecho por ese momento, como la vida, que también es un momento en el que lo súbito sacude. 


Toda muerte es un sacudimiento súbito, sí, Czeslaw Milosz decía que: “Tu compasión no tiene cobijo, tus palabras son mudas/y temes la sentencia porque no has podido hacer nada”; Gilberto Martínez, en cambio, podría decir, ante nosotros: No temo la sentencia, lo he hecho todo, pues he sido la medida de mí mismo. Yo me la he dado y la he construido ante mí mismo y los otros.

 

Diez datos para conocer a Gilberto Martínez

  1. Nació en Medellín, el 24 de marzo de 1934
  2.  Se formó como cirujano en la Universidad de Antioquia y se especializó en Cardiología en el Instituto Nacional de Cardiología de México.
  3. Sus trabajos como actor iniciaron en el grupo de teatro El Duende y como director en el Triángulo.
  4. Fue secretario de Educación de Medellín en 1968.
  5. Se desempeñó como profesor de las facultades de Arte y Medicina de la Universidad de Antioquia.
  6. Fundó Casa del Teatro en 1987 y la Escuela Municipal de Teatro.
  7. Recibió reconocimientos como: Profesor Honorario de la Universidad de Antioquia, distinguido como ‘El Hombre Creador de la Energía’, en 1988 y certificado como escritor por la “International Write” Universidad de Colorado.
  8. Estudió Teatro en la Universidad Autónoma de México y de medicina en la Fellow American Heart Association de California. Se especializó en Hemodinamia en New Orleans.
  9. Su primera obra fue Los Mofletudos, realizada en 1965.
  10. En la década de 1960, Ganó el Premio Nacional de Dramaturgia con el Grito de los ahogados.

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